jueves, 27 de marzo de 2008

Vivir en la multiculturalidad (y II)

Otra cuestión no poco importante: si bien hay que admitir que es un terreno en el que aún hay muchas batallas que dar, también parece razonable la exigencia de que ningún discurso religioso fundamente el debate político. Cada cual tiene derecho a decir “practico tal o cual religión” en la arena pública, pero no a pretender que la sociedad se rija por las normas, tradiciones o mitos de aquélla, y muchísimo menos a pretender que cualquier religión se convierta en un ámbito vedado a los derechos y libertades que compartimos. De igual manera que no nos apoyamos en el Antiguo Testamento para fundamentar una política acerca de, por ejemplo, la exclusión social, ni consultamos la Tora para desarrollar la política urbanista, no parece lógico que se acuda al Corán para fundamentar o negar, por ejemplo, los derechos de las mujeres o reformar el Código Civil (13). La exigencia debe ser la del mantenimiento en el ámbito privado de las diferentes confesiones, además de no dar por supuesto que todo el mundo practica una religión o que el hecho de venir de un determinado país o pertenecer a una determinada comunidad te convierte automáticamente en creyente. No estamos obligados a convertirnos en exégetas para tener criterios acerca de cómo queremos vivir nuestras vidas ni los exégetas deben creerse en la obligación de regularlas (14).
Y, de paso, constatar la evidente situación de discriminación, inferioridad y hasta segregación que padecen sectores, no la totalidad, de la población inmigrada en Europa nos obliga a denunciar estas situaciones en concreto y empeñarnos en el trabajo de base en nuestra sociedad en el camino de la construcción de alternativas que atajen las desigualdades, el racismo, la xenofobia,... Sin embargo, no nos obliga a dar por buena cualquier manifestación de protesta contra estas situaciones u otras, ya sean quemas de coches, ya sean atentados terroristas,... constatando la enorme diferencia que existe entre todas ellas. Por un lado, no parece que lo más efectivo para protestar por la degradación de los barrios en los que se concentran algunas comunidades inmigrantes sea precisamente quemar sus equipamientos, además de los coches de sus convecinos. Por otro lado, no debemos dejarnos engañar por más vanguardias iluminadas: ninguna de las bestialidades a las que nos referimos como “terrorismo de nuevo cuño”, por ejemplo, lleva como objetivo la construcción de una sociedad más justa, sin diferencias, etc. sino la instauración de una sociedad teocrática cuyas tinieblas abandonamos por estos pagos hace siglos, aunque ésta pudiera aparecer remozada con cierta pátina revolucionaria, anti-imperialista, etc. Flaco favor hacemos al bienestar de las personas que han venido a vivir a nuestros países si insistimos en identificarlas con lo peor de sus comunidades.
Una mirada sana y abierta hacia la diversidad cultural, que ya se da en mayor o menor medida en todas nuestras sociedades, no va necesariamente de la mano de una concepción entreguista o timorata acerca de las conquistas sociales, de derechos y garantías, de las que hoy nos enorgullecemos. Se hace preciso recuperar el viejo slogan: “Defendamos todas las diferencias, combatamos todas las desigualdades”. O este otro: “por un razonable derecho a la diferencia, en contra de la diferencia de derechos”. No es cierto que tengamos que elegir entre la falsa contradicción “homogeneidad cultural y derechos para todos o heterogeneidad cultural y rebaja de derechos”. La homogeneidad cultural ya no existe, acaso nunca existió. La existencia de diferentes comunidades, formadas por personas y ojalá que ciudadanos/as, no da carta blanca a una sociedad en la que los derechos estén estratificados, en la que determinadas personas por el hecho de haber llegado después o sentirse vinculadas a una comunidad de origen ocupen los lugares más bajos de la escala social y no accedan al disfrute de todos los avances que años de progreso y lucha social han traído. Tampoco el destino del individuo está vinculado desde la cuna hasta la tumba a una determinada comunidad, ni éstas son inmutables o perpetuas (15). A los tradicionalismos de todo tipo les gustaría abocarnos a ese callejón sin salida pero es de esperar que una sociedad madura no se deje acorralar tan fácilmente.
Finalmente, para avanzar hacia estos objetivos, apoyar y solidarizarnos con aquellas personas, sectores, corrientes,... más proclives a compartir este tipo de ideas parece de lo más conveniente, dejando claro que esto no debe ser una “puerta de atrás” por la que se escapen y/o se rebajen los derechos y libertades a los que he estado aludiendo, sino una alianza desde la que superar y derrotar a los tradicionalismos de todo tipo, autóctonos y foráneos, antiguos y de nuevo cuño. Estas gentes están también deseando recibir nuestra solidaridad, sin falsos paternalismos pero también sin ambages ni dobleces, en la que poder apoyarse para dar las batallas que aquí se libraron hace ya tiempo y en las que nosotros nos seguimos apoyando para construir una sociedad más justa y libre (16). Forjar estas alianzas nos invita a, desde la firmeza de los criterios propios, poner en pie prácticas y experiencias de trabajo común, de conocimiento mutuo, desde las que poder dar respuesta a los desafíos presentes y futuros a los que nos enfrenta la creciente complejidad de nuestras sociedades. Contribuir muy modestamente en este empeño era el ambicioso propósito de estas líneas que aquí terminan.

________________
NOTAS

(1) Amara, Fadela, Ni putas ni sumisas, Cátedra, Valencia, 2004, p.17
(2) Una definición aséptica, no problematizadora, del término: “Principios básicos del multiculturalismo son el respeto y la asunción de todas las culturas, el derecho a la diferencia y la organización de la sociedad de tal forma que exista igualdad de oportunidades y de trato y posibilidades reales de participación en la vida pública y social para todas las personas y grupos con independencia de su identidad cultural, etnoracial, religiosa o lingüística” en Malgesini y Giménez, Guía de conceptos sobre migraciones, racismo e interculturalidad, Madrid, 2000, Cátedra, pp.291-292.
(3) A veces se encuentra uno con dificultades para exponer sus puntos de vista críticos con, por ejemplo, el multiculturalismo, sin toparse con acusaciones del tipo “estás en contra del mestizaje y la riqueza de las diferentes culturas”.
(4) Y por supuesto cuando de ésta se derive una discriminación económica, social...tantas veces soslayada.
(5) Una definición útil sobre la cultura en el sentido aquí utilizado: “Las creencias o puntos de vista que sostienen los seres humanos sobre el sentido y significado de la vida humana, así como respecto de las actividades y las relaciones que forman parte de ella, [y que] configuran las prácticas en torno a las cuales estructuran y regulan sus vidas individual y colectivamente” en Bhikhu Parekh, Repensando el multiculturalismo, Istmo, Madrid, 2005, p.218
(6) No se me escapa la dificultad de este propósito ni los numerosos debates colaterales que abre, imposibles de tratar con detalle aquí. Sí me interesa no dejar pasar la oportunidad de resaltar la importancia de este objetivo. Una visión original sobre este asunto en particular la recoge Javier Muguerza: “la internacionalización de nuestros derechos humanos moderno-occidentales no sólo no tendría que parecernos repudiable, sino que –como alguna vez se ha dicho- podría oficiar a la manera de un saludable contrapeso con que paliar las desastrosas consecuencias inducidas en sociedades dependientes y subdesarrolladas por la expansión no menos etnocéntrica de la economía capitalista de mercado, con la secuela del imperialismo de los mercados financieros envuelta hoy en el fenómeno de la globalización”. Vicente Serrano (Ed.) Ética y globalización. Cosmopolitismo, responsabilidad y diferencia en un mundo global, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004, p. 103
(7) Un ejemplo real: En un pueblo de una región concreta de un país occidental no se permite participar en igualdad de condiciones a las mujeres en las fiestas locales, relegándolas a un papel más que secundario, aunque muy tradicional, eso sí. Me parece un buen ejemplo de que nadie está completamente a salvo de los tradicionalismos y que éstos no sólo tienen que ver con las comunidades inmigradas.
(8) ¿Significa esto que todas las sociedades han alcanzado un mismo nivel en lo que hace a derechos y libertades? ¿Omán igual que Francia? ¿Aceptarían estas personas de buen grado vivir en algunos de estos países renunciando a cuestiones por lo visto tan superficiales como el voto, la autonomía de las mujeres, la separación de poderes, un grado más o menos aceptable de laicidad,...? ¿Lo que es bueno para nosotros no lo es para los demás?
(9) Sin embargo, una mirada más atenta, por ejemplo, a la producción cinematográfica de países de fuerte tradición migratoria como Reino Unido y Francia, nos devuelve innumerables ejemplos de conflictos intracomunitarios de carácter generacional, de valores, de identidad, etc. Baste citar Inshallah, Sólo un beso, Quiero ser como Beckham, El odio,...
(10) Sorprendentemente, estos “inintegrables” demuestran una sorprendente capacidad para ser integrados en algunos de los espacios menos recomendables de nuestras sociedades, como por ejemplo, la economía sumergida.
(11) A este respecto, desde las filas más militantes del multiculturalismo británico, se ha llegado a proponer el que la Seguridad Social británica se haga cargo de las operaciones de ablación del clítoris que practican a día de hoy en la clandestinidad o en sus países de origen algunos grupos comunitarios. ¿Podría ser esto un ejercicio de consenso que compartir?
(12) Régis Debray afirma a propósito de esto último y su relación con la igualdad de hombres y mujeres “L’opposé de la laïcité n’est pas la religion (...) mais le laisser-faire laisser-passer, la viscosité du coutumier et l’emprise aggresive des convictions, exacerbée dans les sectes. L’egalité entre l’homme et la femme, pour ne citer qu’elle, n’est apparemment pas une “donnée sociétale”, ni son respect, le premier mouvement du mâle au naturel. Aussi bien doit-elle être érigée en principe, et faire l’objet d’une sourcilleuse institution” en Ce que nous voile le voile. La République et le sacré, Gallimard, Paris, 2004, p.49
(13) En este sentido, no es de recibo que algunos países occidentales apliquen a determinadas comunidades inmigradas los “Códigos Civiles” del país de origen, incluyendo prácticas claramente discriminatorias contra las mujeres.
(14) ¿Cuál es la legitimidad democrática de sacerdotes, rabinos, imames, pastores evangelistas, ...?
(15) Una sana apertura hacia la diversidad también en el interior de algunas de estas comunidades, como valor a compartir en toda la sociedad y no sólo por parte de algunos, no parece mala idea en la perspectiva de compartir la responsabilidad en la tarea de una convivencia sana.
(16) A este respecto, resulta especialmente esclarecedor el llamamiento realizado por la feminista argelina Wassyla Tamzaly en “Feministas: os escribo desde Argel”, disponible en www.pensamientocritico.org

José Miguel Martín

No hay comentarios: