“A las plantas las endereza el cultivo, y a los hombres la educación. Si naciera el hombre ya grande y robusto, de nada le servirían sus fuerzas y estatura hasta que aprendiera a valerse de ellas, y le serían perniciosas porque retraerían a los demás de asistirle: abandonado entonces a sí propio, se moriría de necesidad, antes de que conocieran los otros su miseria. Nos quejamos del estado de la infancia, y no miramos que hubiera perecido el linaje humano si hubiera principiado el hombre por ser adulto.
Débiles nacemos, y necesitamos de fuerzas; desprovistos nacemos de todo, y necesitamos inteligencia. Todo cuanto nas falta al nacer, y cuanto necesitamos, siendo adultos, eso lo debemos a la educación.
La educación es efecto de la naturaleza, de los hombres, o de las cosas. la de la naturaleza es el desarrollo interno de nuestras facultades y nuestros órganos; la educación de los hombres es el uso que nos ensenan éstos a hacer de este desarrollo; y lo que nuestra experiencia propia nos da a conocer acerca de los objetos cuya impresión recibimos, es la educación de las cosas.
Así, cada uno de nosotros recibe lecciones de estas tres maestros. Nunca saldrá bien educado, ni se hallará en armonía consigo mismo, el discípulo que tome de ellos lecciones contradictorias; sólo ha dado en el blanco y vivirá una vida consiguiente aquel que vea conspirar todas a un mismo fin y versarse en los mismos puntos; éste sólo merecerá el título de bien educado. De estas tres
educaciones distintas, la de la naturaleza empero no dependerá de nosotros, y la de las cosas sólo en parte está en nuestra mano. La única de que somos de verdad los árbitros, es la de los hombres, y esto mismo es todavía una suposición; porque, ¿quién puede esperar que ha de dirigir enteramente los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?”
(Rousseau, J.J. Emilio. Ed. Maucci. Barcelona. Vol I. págs. 6-8)
domingo, 24 de febrero de 2008
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